martes, 21 de febrero de 2017

Representaciones de la última cena

Representaciones de la última cena
Las primeras más conocidas son de principios del siglo VI, como la de un bajo-relieve en madera de la iglesia copta de San Sergio (El Cairo) o un mosaico en el muro de la nave central de San Apolinario Nuevo, de Ravenna, en el que Jesús y San Pedro aparecen medio echados, al estilo romano, a ambos lados de la mesa. Alrededor de la misma se apiñan los apóstoles, ante la fuente central en la que hay ¡oh, sorpresa, dos pescados! El cordero no aparece por ninguna parte. Hasta la época final de Constantino, en que el cristianismo fue declarado religión oficial del imperio, los cristianos fueron perseguidos por los romanos. Los pescados, que rememoran el milagro de los panes y de los peces, eran una de las señas secretas de identidad para conocerse unos a otros cuando estaban entre gentiles, junto al símbolo de Iesus Xristus con las letras griegas Iota, Ro y Ji en un círculo, que nos parecen I, P y X. Esta tradición continuó más allá de la época en que era imprescindible para salvar la vida. En San Isidoro de León, sin embargo, en el fresco de la Última Cena, del siglo XI, se adivina, entre otros manjares, un cordero. En otra de las representaciones de la Última Cena en España, un fresco de la ermita prodigiosa de San Baudelio de Berlanga, del siglo XI –que se encuentra ahora en el Museo de Boston—sólo aparecen los pescados. Como en la metopa de la iglesia de San Pedro de Tejada, en Puente Arenas, asimismo del siglo XI, o en San Juan de la Peña, de Santa Cruz de la Serós en piedra. Estas representaciones de la Última Cena con sólo pescados prosiguieron aún hasta más tarde del siglo XIV, como es el caso de la pintura de Santa Olalla de la Loma (Cantabria), que es del XV, y en la que se ven los pescados de tres en tres. En la Santa Cena del taller de Giotto –de principios del XIV—no se ve ni cordero ni pescado. En la representada en la pintura de Jaume Serra –de 1370—la verdad es que, por el color, se puede pensar en el cordero pascual, pero la vianda central del festín más parece un pescado por la forma del cuerpo y la cabeza y por la falta de extremidades.
El cordero
A partir de este momento se generaliza en las representaciones de la Última Cena la presencia del cordero, a veces junto a la de pescados, como ocurre con la más famosa pintura sobre este tema, la de Leonardo, en cuya mesa, ya terminado el festín, quedan algunos restos de lo que parece un cordero y de pescados en rodajas en platos a los lados, pero nada en la fuente central, ante Jesús, que la preside. Por cierto, hay que hacer mención de que en aquella época y hasta el siglo XIX, como se aprecia en distintas manifestaciones artísticas, los personajes más importantes de un ágape, junto al anfitrión, se sentaban en el centro del lado más largo de las mesas, nunca en los extremos, como ahora.
De este mismo siglo XV es la del maestro de Perea, en la que el cordero se encuentra presidiendo los manjares, y la de Jaime Ferrer, en la que Santiago apóstol se presenta con el sombrero y la concha de peregrino y, junto con otros de los comensales que hacen lo propio, corta piezas del cordero con su cañivete. En la de Jaume Huguet, asimismo del XV, el cordero con cabeza y entero está en medio de la mesa. En cuanto a escultura, el cordero aparece en el centro del convite en el relieve de Gil de Siloé de la Cartuja de Miraflores y en otro del siglo siguiente, el XVI, de Felipe Vigarny. Volviendo a la pintura, asímismo aparece el cordero en la que se supone de Alejo Fernández, o de su equipo cercano, del XVI. Como en otras de sus pinturas, muestra el gusto por reflejar la arquitectura, al estilo italiano, de la estancia, del cenadero adereçado en el que apparejar la cena. También está el cordero aún entero en la de Luis Morales, el Divino, de la misma época. De la segunda mitad del XVI es una Santa Cena de El Greco en la que ya no quedan manjares, sólo la fuente vacía y unas cucharas y cañivetes de los comensales. En la de Juan de Juanes, del mismo siglo, tampoco hay cordero, sólo la fuente. En la de Juan de Borgoña aparecen algunos huesos, sin quebrar. De este mismo siglo es la Santa Cena de Jacopo Bassano, en la que, al final del ágape restan sobre la mesa la cabeza del cordero y algunos mendrugos de pan. En las varias pinturas de Tintoretto sobre el tema sí hay cordero.
La secuencia del drama de la traición
(Juan 22 : 16) Aquel es, a quien yo diere el pan mojado. Y mojado el pan diólo à Iudas de Simon Iscariota. / (22 : 17) Y tras el bocado Satanas entró enel. Entonces Iesus le dize, Loque hazes, hazlo mas presto. En la mayor parte de las expresiones artísticas sobre este pasaje del Nuevo Testamento a partir de la baja Edad Media queda reflejada, casi siempre en primer término, la traición de Judas. En muchas los apóstoles aparecen con aureolas de santidad, excepto Judas.
En el fresco de San Baudelio de Berlanga, Judas roba el pescado que está en una fuente central. En la metopa de la iglesia de San Pedro de Tejada, al tiempo que Jesús le da de comer el pan, este se lleva el pescado de la fuente. En la representación de Santa Olalla de la Loma Judas hurta una cesta de pescados entera.
Cuando en la pintura comienza a aparecer la caracterización de los personajes, Judas se convierte en un ser de aspecto facineroso y rostro malvado y, cosa curiosa, pelirrojo. En los países del Mediterráneo sobre todo, porque en los más del norte, como Irlanda, hubiera sido un desatino, se consideraba que los pelirrojos eran hijos del demonio, por tener pelo de fuego, pero de fuego del infierno. Este Judas demoniaco sigue robando con descaro el cordero y otros de los manjares preparados para la cena. Más tarde sólo el aspecto de rufián pelirrojo y el gesto hosco y vil es lo que distingue al traidor, cada vez más parecido a las imágenes de Satán, y que se pone de manifiesto en la bolsa de las monedas en su mano, como en el relieve de Vigarny. El pelo de fuego y la falta de aureola de santidad le distinguen en la obra de Alejo Fernández. La misma falta de la aureola y el ademán de estar de partida en el de Juan de Borgoña.

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